Sentada en el avión esperando el aterrizaje, miro por la ventana y el
paisaje es plano, no hay montañas, es una isla, en el corazón siento como si me
retornara al pasado, ese sentimiento como cuando algo te es familiar y lo
extrañas.
El capitán de la aeronave dice la temperatura de la isla, 33 grados
centígrados. Al fin tocamos tierra, me bajo, busco mis maletas, y salgo del
aeropuerto.
Al llegar a la puerta de salida del aeropuerto lo
primero que hago es cerrar mis ojos y sentir sobre mi los rayos
de un sol bravío pero a la vez resplandeciente y el aire
puro y fresco que emana de la naturaleza de
la isla, así mismo no fue extraño dar gracias a Dios porque
aquella sensación que para algunos puede ser muy simple para mi es el
reflejo de sentirme una mujer viva y plena.
No pasó ni un instante
de sentir aquella sensación, cuando de repente alguien me toca por el brazo,
abro mis ojos un poco asustada y precavida y lo que veo es la imagen
de un hombre de unos 50 años de edad con ojos verdes muy profundos,
muy amable y educado que me recuerda mucho a mi padre y quien muy
amablemente me ofrece en su idioma griego combinado con un
español incipiente y enredado un servicio de taxi para desplazarme rumbo
al lugar al cual me dirigía.
Siendo ya las 11:30
de la mañana y con mi estomago un poco desesperado por comer, decidí tomar el
servicio de taxi, no sin antes presentarme con aquel hombre, quien sería mi
guía durante el recorrido y al cual no le entendía mucho por mi escaso
conocimiento del idioma griego pero sentía una gran empatía, así que le
entregué la tarjeta con la dirección hacia donde me dirigía, él leyó, me
miró con cara sonriente y luego se volteó e iniciamos el recorrido.
Embarcada en el taxi siento una emoción indescriptible al contemplar
la hermosura de la isla, ante todo la belleza de las majestuosas construcciones
y la limpieza de las playas, de repente se me sale una lagrima y en
voz alta expreso: ¡un sueño más cumplido! por fin llegué a Balos
(isla ubicada en Creta, ciudad de Grecia).
Hay olor a tierra, a
humedad, que llena mi alma. Respiro hondo; !Dios como amo esa
sensación y ese olor¡ Es una de esas mañanas en las que me
siento amada por alguien, y aunque esté sola en estos momentos, sé que él me
ama de las misma manera que yo lo hago, es una conexión espiritual e
inexplicable.
Pero vuelvo a mi, y a esa
curiosidad de comer algo en la playa. La luz del sol en esas playas no se
parece en nada al sol de las playas que había visitado. Las sombras se
deslizaban impecables sobre la arena, y aunque no calentaba mucho, ayudaba a
recalentar lo que estaba recién cocinado. Comida de mar. Extrañaba ese sabor
salado en mi paladar. No volví a ver al griego esa tarde; decidí irme caminando
como una perra por la sombra, porque sentía que me estaba encandilando las
pupilas, y yo me acababa de operar un mes atrás, para dejar de usar las gafas.
Me salían más caras en la medida en que las iba pisando cuando se me caían.
Al seguir
caminando por toda la sombra como una perra suelta, triste y sin
rumbo fijo, miro mi reloj y me doy cuenta que es un poco más de las tres, la temperatura
ha bajado y me pregunto, ¿cuál será mi rumbo en esta Isla?, yo vine en busca de
un viejo amor, el cual nunca he olvidado, ¿será que las indicaciones de mi
madre en aquel sueño fueron ciertas para encontrarlo? Es frustrarte saber
que no lo podré encontrar, pensar eso cada minuto me revuelve la conciencia y
solo me queda esperar.
Muy cerca de mí, un poco
alejada de la arena, observo una ceiba frondosa y de inmediato llega a mí la
imagen de ese amor que nació desde la infancia cuando nos mecíamos en aquellos
columpios de tiras largas rojas, en los que jugábamos a volar por la nubes y
aterrizar sobre aquel prado verde que contrastaba con la playas blancas de la
isla.
En ese momento, caminado
por este nuevo espacio que no conozco, pero que siento cercano a mi, vuelvo a
sentir esa hermosa sensación de su mano suave tomando la mía y esa mirada
pícara que conjugaba mágicamente con su sonrisa, esa sonrisa que me hacía ver
el mundo, mi pequeño mundo, más resplandeciente. Eso y nada más es lo que
me lleva a estar aquí, buscando algo que no se qué es, pero con la esperanza de
encontrarlo.
Me doy cuenta que se me
hace tarde y aún no tengo el primer indicio de su presencia en esta isla,
busco vagamente en las miradas de todos a mi alrededor, y entonces dejo caer
mis gafas al suelo, suficiente para dejar de lado solo por un instante mis
ansiosos pensamientos y disponerme entonces a saborear ese plato de mar y
una fría copa de vino, así podré bajar esta sensación de incertidumbre que a
veces confundo con inexplicable entusiasmo.
Se que está aquí, se que
mi búsqueda no será en vano. Aunque es inevitable que mi ansiedad se
transforme rápidamente en miedo, ¿aún me recordarás? ¿Alguna vez has pensado en
mi? tantas preguntas y sin una respuesta.
Con el vino haciendo
efecto en mi cerebro imagino ¿qué te diré?, ¿cómo será nuestro encuentro, si te
reconoceré o peor aún, si tú lo harás?, ¿qué me dirás?, tú rostro, tú sonrisa
nerviosa, mi mirada expectante y mis labios deseosos de encontrarse finalmente
con los tuyos.
A lo lejos me trae de
vuelta a la realidad un barullo de gentes qué gritan, algo
pasó. Rápidamente busco entre mis cosas mi traductor electrónico, trato de
escribir lo más rápido posible, mientras lamento no haber aprovechado mejor mis
clases de mecanografía, por fin logro completar la frase y se la enseño al
mesero junto a mi. Con una mirada extraña y un gesto complaciente, intenta
explicarme:
En Balos tenemos celebraciones periódicas en las que nativos invitan a foráneos
a formar una procesión de encuentro con el mar del noroeste, buscando conexión
mística con Vaios, villa continental donde se festeja lo mismo en concomitancia
hacia este punto geográfico; se hacen con la llegada de una nueva temporada
lunar.
Hoy es un día especial por aquí, interrumpe Nikolaos en un español
fluido, fruto de sus 7 años como diplomático en Managua. El mesero se retira
aliviado, y a mi parece volverme el alma al cuerpo; todo parece confuso aún,
menos el sol que amenaza con ocultarse con la seguridad de siempre.
Nikolaos, un hombre de apariencia más joven a lo que exige mi pasaporte,
pero con los atributos de quien merece ser admirado, percibe mi zozobra de
turista con dejos de problemas de visión, y de paso toma licencia para
invitarme al encuentro de esas almas que buscan el elemento que da la vida. Explicándome
la naturaleza del festejo, prosigue: “Creta tiene historias desde el inicio de
la humanidad, pero la del Baño de las
Almas, como se le conoce a esto, ha sido una de esas tradiciones no
divulgadas y que merece presenciarse”.
Camino en esa dirección. Siento que no he venido en busca de un affair,
pero también me parece algo místico, como la celebración, que este hombre haya
aparecido de repente. "Al fin y al cabo, vine a recuperar parte del alma
que he venido perdiendo", pienso y me dejo llevar. Camino dos pasos detrás
de él hacia el fuerte de la Calle Parialiaki.
De repente, siento una brisa fría en mis mejillas, la piel se me eriza y
un nudo en mi garganta me recuerda que estoy sola… pero la conexión que siento
con este lugar también me fortalece y me anima a seguir mi búsqueda, esa
búsqueda incesante pero no inclemente porque sé en lo profundo de mi
corazón, que te encontraré, que los cinco elementos que ayudan a esta tierra a
sentir todo lo que sentimos, me guiarán hacia ti, no me apresuraré, no espero
ser la hoja seca que es arrebatada por el viento y viaja sin piedad, espero más
bien ser como la luciérnaga que alumbra en la oscuridad, pero tú… tú serás mi
fuerza, mi luz. La noche ha llegado, las estrellas brillan y la luna se
ve tan inmensa, que mente viaja hacia ti.
Siento el cansancio de todo el día, decido irme a dormir y no seguir a
Nikolaos, entonces me dirijo al Hotel del Centro y llego a la recepción, toco
la campana para que me atiendan, y de repente allí estaba él, con esa mirada
tan profunda que no sabes que significa, su ojos color marrón, su piel tersa,
blanca y sonrojada. Le sonrío y me pregunta ¿En qué le puedo ayudar señorita?
No me reconoce, tal vez es que hace muchos años no nos vemos, me siento feliz
porque lo encontré, sin saber que después de esa noche mi vida cambiaría para
siempre.
Autor:
Olga Andrea Martínez Bermúdez
Co-Autores:
Merlyn Cecilia Meléndez Bautista.
Marta Milagros Bonivento Castilla.
Christian Javier Agudelo Guerra.
Nadia Madrid Rincón.
Freddy Ruiz.
Muriel Long Sosa.
Nurys Senior.
Elvis Martínez Bermúdez.
María Claudia Paternina.
Autor:
Olga Andrea Martínez Bermúdez
Co-Autores:
Merlyn Cecilia Meléndez Bautista.
Marta Milagros Bonivento Castilla.
Christian Javier Agudelo Guerra.
Nadia Madrid Rincón.
Freddy Ruiz.
Muriel Long Sosa.
Nurys Senior.
Elvis Martínez Bermúdez.
María Claudia Paternina.