lunes, 22 de abril de 2013

Historia de una Pasión


Sentada en el avión esperando el aterrizaje, miro por la ventana y el paisaje es plano, no hay montañas, es una isla, en el corazón siento como si me retornara al pasado, ese sentimiento como cuando algo te es familiar y lo extrañas.
El capitán de la aeronave dice la temperatura de la isla, 33 grados centígrados. Al fin tocamos tierra, me bajo, busco mis maletas, y salgo del aeropuerto.
Al llegar a la puerta de salida del aeropuerto lo primero que hago es cerrar mis ojos y sentir sobre mi los rayos de un sol bravío pero a la vez resplandeciente y el aire puro y fresco que emana de la naturaleza de la isla,  así mismo no fue extraño dar gracias a Dios porque aquella sensación que para algunos puede ser muy simple para mi es el reflejo de sentirme una mujer viva y plena. 

No pasó ni un instante de sentir aquella sensación, cuando de repente alguien me toca por el brazo, abro mis ojos un poco asustada y precavida y lo que veo es la  imagen de un hombre de unos 50 años de edad con ojos verdes muy profundos, muy amable y educado que me recuerda mucho a mi padre y quien muy amablemente me ofrece en su idioma griego combinado  con un español incipiente y enredado un servicio de taxi para desplazarme rumbo al lugar al cual me dirigía. 

Siendo ya las 11:30 de la mañana y con mi estomago un poco desesperado por comer, decidí tomar el servicio de taxi, no sin antes presentarme con aquel hombre, quien sería mi guía durante el recorrido y al cual no le entendía mucho por mi escaso conocimiento del idioma griego pero sentía una gran empatía, así que le entregué la tarjeta con la dirección hacia donde me dirigía, él leyó, me miró con cara sonriente y luego se volteó e iniciamos el recorrido.

Embarcada en el taxi siento una emoción indescriptible al contemplar la hermosura de la isla, ante todo la belleza de las majestuosas construcciones y la limpieza de las playas, de repente se me sale una lagrima y en voz alta expreso: ¡un sueño más cumplido! por fin llegué a  Balos  (isla ubicada en Creta, ciudad de Grecia).

Hay olor a tierra, a humedad, que llena mi  alma. Respiro hondo; !Dios como amo esa sensación y ese olor¡ Es una de esas mañanas en las que me siento amada por alguien, y aunque esté sola en estos momentos, sé que él me ama de las misma manera que yo lo hago, es una conexión espiritual e inexplicable.

Pero vuelvo a mi, y a esa curiosidad de comer algo en la playa. La luz del sol en esas playas no se parece en nada al sol de las playas que había visitado. Las sombras se deslizaban impecables sobre la arena, y aunque no calentaba mucho, ayudaba a recalentar lo que estaba recién cocinado. Comida de mar. Extrañaba ese sabor salado en mi paladar. No volví a ver al griego esa tarde; decidí irme caminando como una perra por la sombra, porque sentía que me estaba encandilando las pupilas, y yo me acababa de operar un mes atrás, para dejar de usar las gafas. Me salían más caras en la medida en que las iba pisando cuando se me caían.

Al seguir caminando  por toda la sombra como una perra suelta,  triste y sin rumbo fijo, miro mi reloj y me doy cuenta que es un poco más de las tres, la temperatura ha bajado y me pregunto, ¿cuál será mi rumbo en esta Isla?, yo vine en busca de un viejo amor, el cual nunca he olvidado, ¿será que las indicaciones de mi madre en aquel sueño fueron ciertas para encontrarlo? Es frustrarte saber que no lo podré encontrar, pensar eso cada minuto me revuelve la conciencia y solo me queda esperar.
Muy cerca de mí, un poco alejada de la arena, observo una ceiba frondosa y de inmediato llega a mí la imagen de ese amor que nació desde la infancia cuando nos mecíamos en aquellos columpios de tiras largas rojas, en los que jugábamos a volar por la nubes y aterrizar sobre aquel prado verde que contrastaba con la playas blancas de la isla.

En ese momento, caminado por este nuevo espacio que no conozco, pero que siento cercano a mi, vuelvo a sentir esa hermosa sensación de su mano suave tomando la mía y esa mirada pícara que conjugaba mágicamente con su sonrisa, esa sonrisa que me hacía ver el mundo, mi pequeño mundo, más resplandeciente. Eso y nada más  es lo que me lleva a estar aquí, buscando algo que no se qué es, pero con la esperanza de encontrarlo. 

Me doy cuenta que se me hace tarde y aún no tengo el primer indicio de su presencia en esta isla, busco vagamente en las miradas de todos a mi alrededor, y entonces dejo caer mis gafas al suelo, suficiente para dejar de lado solo por un instante mis ansiosos pensamientos y disponerme entonces a saborear ese  plato de mar y una fría copa de vino, así podré bajar esta sensación de incertidumbre que a veces confundo con inexplicable entusiasmo. 

Se que está aquí, se que mi búsqueda no será en vano. Aunque es inevitable que mi ansiedad se transforme rápidamente en miedo, ¿aún me recordarás? ¿Alguna vez has pensado en mi? tantas preguntas y sin una respuesta.
Con el vino haciendo efecto en mi cerebro imagino ¿qué te diré?, ¿cómo será nuestro encuentro, si te reconoceré o peor aún, si tú lo harás?, ¿qué me dirás?, tú rostro, tú sonrisa nerviosa, mi mirada expectante y mis labios deseosos de encontrarse finalmente con los tuyos.

A lo lejos me trae de vuelta a la realidad un barullo de gentes qué gritan, algo pasó. Rápidamente busco entre mis cosas mi traductor electrónico, trato de escribir lo más rápido posible, mientras lamento no haber aprovechado mejor mis clases de mecanografía, por fin logro completar la frase y se la enseño al mesero junto a mi. Con una mirada extraña y un gesto complaciente, intenta explicarme:

En Balos tenemos celebraciones periódicas en las que nativos invitan a foráneos a formar una procesión de encuentro con el mar del noroeste, buscando conexión mística con Vaios, villa continental donde se festeja lo mismo en concomitancia hacia este punto geográfico; se hacen con la llegada de una nueva temporada lunar.
Hoy es un día especial por aquí, interrumpe Nikolaos en un español fluido, fruto de sus 7 años como diplomático en Managua. El mesero se retira aliviado, y a mi parece volverme el alma al cuerpo; todo parece confuso aún, menos el sol que amenaza con ocultarse con la seguridad de siempre. 
Nikolaos, un hombre de apariencia más joven a lo que exige mi pasaporte, pero con los atributos de quien merece ser admirado, percibe mi zozobra de turista con dejos de problemas de visión, y de paso toma licencia para invitarme al encuentro de esas almas que buscan el elemento que da la vida. Explicándome la naturaleza del festejo, prosigue: “Creta tiene historias desde el inicio de la humanidad, pero la del Baño de las Almas, como se le conoce a esto, ha sido una de esas tradiciones no divulgadas y que merece presenciarse”.
Camino en esa dirección. Siento que no he venido en busca de un affair, pero también me parece algo místico, como la celebración, que este hombre haya aparecido de repente. "Al fin y al cabo, vine a recuperar parte del alma que he venido perdiendo", pienso y me dejo llevar. Camino dos pasos detrás de él hacia el fuerte de la Calle Parialiaki.
De repente, siento una brisa fría en mis mejillas, la piel se me eriza y un nudo en mi garganta me recuerda que estoy sola… pero la conexión que siento con este lugar también me fortalece y me anima a seguir  mi búsqueda, esa búsqueda incesante  pero no inclemente porque sé en lo profundo de mi corazón, que te encontraré, que los cinco elementos que ayudan a esta tierra a sentir todo lo que sentimos, me guiarán hacia ti, no me apresuraré, no espero ser la hoja seca que es arrebatada por el viento y viaja sin piedad, espero más bien ser como la luciérnaga que alumbra en la oscuridad, pero tú… tú serás mi fuerza, mi luz.  La noche ha llegado, las estrellas brillan y la luna se ve tan inmensa, que mente viaja hacia ti.

Siento el cansancio de todo el día, decido irme a dormir y no seguir a Nikolaos, entonces me dirijo al Hotel del Centro y llego a la recepción, toco la campana para que me atiendan, y de repente allí estaba él, con esa mirada tan profunda que no sabes que significa, su ojos color marrón, su piel tersa, blanca y sonrojada. Le sonrío y me pregunta ¿En qué le puedo ayudar señorita? No me reconoce, tal vez es que hace muchos años no nos vemos, me siento feliz porque lo encontré, sin saber que después de esa noche mi vida cambiaría para siempre.


Autor:
Olga Andrea Martínez Bermúdez

Co-Autores:
Merlyn Cecilia Meléndez Bautista.
Marta Milagros Bonivento Castilla.
Christian Javier Agudelo Guerra.
Nadia Madrid Rincón.
Freddy Ruiz.
Muriel Long Sosa.
Nurys Senior.
Elvis Martínez Bermúdez.
María Claudia Paternina.